24 septiembre 2015

El Color del Alma

Fue Margaret Thatcher la que declaró: “La economía es solo el método, el objetivo es cambiar el corazón y el alma”, lo dijo como cierre a una entrevista en The Sunday’s Times en el año 1981, dos años después de ser elegida Primera Ministra del Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte. Esta frase, a mi entender, contiene la clave de lo que ha ocurrido en política durante los últimos treinta años.

Como se puede apreciar, Thatcher lo tenía claro desde el principio. No es que las cosas fueran sucediendo sin más, sino que detrás había un plan preconcebido y ejecutado con toda pulcritud. Sin embargo ella sabía, y lo dice en su última respuesta, que lo importante no era hacer solo determinadas políticas económicas, lo verdaderamente importante, o mejor dicho lo imprescindible, era cambiar con esas políticas el alma de la gente, solo así, la vuelta a las políticas del adversario, en este caso las que primaban lo colectivo (a las que deploraba), en detrimento de las ultraliberales, se convertirían en algo impensable, porque los propios ciudadanos ni siquiera las considerarían.

A partir de ese momento y a lo largo de toda la década de los ochenta, el comunismo y el socialismo entendido en sentido estricto se fueron desangrando, desarraigándose. Sus políticos y sus simpatizantes comenzaron a extrañarse, comenzaron a desconfiar de sí mismos. La Dama de hierro había arañado sus almas y el proceso ya era irreversible.


En España, Felipe González privatizó más de setenta empresas, las más importantes, muchas de ellas rentables. Y todo se hizo de forma natural, como algo que formaba parte de nuestro tiempo, esas eran las reglas del juego y quien no las aceptase no sobreviviría. El PSOE a partir de ese momento se convirtió en un partido con una ideología en diferido en forma efectivamente de simulación o de lo que hubiera sido en diferido. Utilizo esta célebre explicación, porque creo que es la mejor expresión de cinismo que ha parido el idioma político en castellano, tan lleno por otra parte de circunloquios que casi nunca llevan a ninguna parte.


Y el PSOE, así como los demás partidos socialistas o socialdemócratas de Europa, buscó asideros a los que anclar su ideología, a sabiendas de que su “corpus” ideológico no era más que un buque a la deriva, oxidado y viejo, a punto de vararse en la siguiente embestida liberal.


En España, en Francia, en los países nórdicos, se agarraron, cada uno como pudo, al Estado de bienestar, mientras que en Gran Bretaña, mucho más infectados por el aliento liberal de Thatcher, recuperaron la vieja idea marxista de la tercera vía (Marx, obviamente, negaba la posibilidad de esta tercera vía) y de esta manera conseguían seguir respirando y sus votantes tenían el ibuprofeno con lo que poder aliviar su conciencia. Pero el mal ya estaba inoculado, el alma había sido cambiada,
y Maggie Thatcher, feliz por el trabajo bien hecho, se dedicó, fiel a sus costumbres, a seguir brindando y bebiendo whisky con soda y a pincharse en el culo vitamina B-12 mientras contemplaba su obra durante sus últimos veintitrés años.


Y en España, en 1996, cautivo y desarmado el PSOE, consiguen alcanzar las tropas aznarianas el poder. Lo que quedaba del socialismo ha terminado. Comienza el megaultraliberalismo. Pero claro, ni España es Gran Bretaña, ni Aznar o Aguirre es Thatcher. Es más, un porcentaje muy alto de políticos del PP ni saben quién fue Thatcher, ni les importa, y el liberalismo les parece, de entrada, una palabra
sospechosa, algo propio de masones; y les trae al pairo la construcción de un Estado económico liberal o tropical. Ellos son del PP, de derechas y ya está. No hay más. Punto y final.


Porque en España, como decía Machado de aquel hombre del casino provinciano que “Bosteza de política banales dicterios al gobierno reaccionario, y augura que vendrán los liberales, cual torna la cigüeña al campanario”, así casi cien años después, seguimos igual, esperando a los liberales. De momento no han venido.

Franco, una vez derrotado el ejército rojo, cogió todo lo que le sonaba a derecha, a su derecha, lo pegó con “charanga y pandereta, cerrado y sacristía”, con algún aviso a navegantes con ideas propias (Dionisio Ridruejo, p. ej.), y con grandes dosis de mala hostia hacia lo que él consideraba que “no era normal”. Y de aquel mejunje sólo salió lo que sólo podía haber salido: La derecha española, única e
inclasificable. Y aunque a veces aparecen en sus filas políticos que parece que…, bueno que tal vez…, este igual si…, enseguida los sumarios judiciales nos sacan del ensueño y nos muestran su verdadero ser o por lo menos el de una gran parte de esa forma de entender la política (las generalizaciones siempre son injustas): la finca –España- nos pertenece, así que privatizamos la educación, no para hacerla mejor, sino para trincar pasta a mansalva; si un juez tiquismiquis nos llama a declarar, prestamos falso testimonio y luego lo celebramos con “un volquete de putas” (sic), como se ha hecho toda la vida; o externalizamos los servicios públicos no para hacerlos más eficientes sino para pillar cacho y de paso enchufamos a los nuestros. O adjudicamos contratos multimillonarios a las mismas empresas para llevarnos la comisión y de paso que vayan construyendo las puertas giratorias. Y claro, en medio de esta orgía de billetes de quinientos, el PSOE, no solo pasaba por allí sino que también formaba parte del cartel (y en algunos lugares –Andalucía, p.ej.- era el actor principal). Y si hace falta perdonarle a las eléctricas tres mil millones de euros pues se le perdonan, ¡ea.!

Y cuando el PSOE en la campaña electoral nombra al pueblo, a los desfavorecidos,
cuando dice que va a luchar para defender sus derechos, que sus políticas son las únicas que garantizan el estado de bienestar, desde algún lugar recóndito se oye el tintineo de los hielos en un whisky con soda y Maggie sonríe y les señala con el dedo mientras les dice: “Os he cambiado el alma, y lo sabéis”.

El Insensato Afilador